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Entrada: Campamento de septiembre 2026: 40 años de La A.C. La Kalle

La historia interminable

Hace 40 años, en un barrio de Madrid llamado Vallecas, un pequeño grupo de personas se hizo una pregunta. No era una pregunta fácil, ni una de esas que se contestan levantando la mano. Era una pregunta que podía meterte en problemas.

¿Y si las cosas pudieran ser de otra manera?

Por aquel entonces, en el barrio había jóvenes que tenían mucho que decir, pero a quienes casi nadie escuchaba. Había puertas que se cerraban. Miradas que juzgaban. Personas que tenían que aprender demasiado pronto que el mundo no siempre juega limpio.

Y entonces ocurrió algo. Unas personas decidieron juntarse. No tenían todas las respuestas. Ni siquiera sabían hasta dónde les llevaría aquella pregunta. Pero decidieron caminar juntas. No sabían exactamente hasta dónde llegarían. Pero tenían algo mucho más importante: tenían ganas.

Y así nació, vuestra asociación, La Kalle.

No nació como nacen las grandes cosas en los cuentos. No hubo fuegos artificiales. Ni héroes o heroínas. Nació de algo mucho más sencillo: personas que decidieron que nadie debería tener que caminar sola.

Y empezar a caminar. Junto a las jóvenes, junto al barrio, a sus vecinas, junto a aquellas que no tenían las mismas oportunidades, junto a quienes todavía no sabían cuál era su sueño. Y cada persona que se cruzaba en aquel camino dejaba algo: una historia, una canción, una pelea, una tradición, una herida, una risa, una pregunta, un sueño. Y La Kalle fue creciendo.

Y así fue pasando el tiempo, un año, 5 años, 10 años, 25 años… y cuando quisieron darse cuenta, habían pasado 40 años.

Pero un día, justo antes de celebrar los 40 años, ocurrió algo extraño. Las personas que cuidaban La Kalle encontraron una caja, vieja, muy vieja. Tenía cuatro candados y encima una frase: «Una historia que dura 40 años no pertenece a quienes la comenzaron. Pertenece también a quienes la continúan.»

Intentaron abrirla, buscaron la llave, pero nada. Hasta que de un lado de la caja salió una inscripción. En él había escrito: «Durante 40 años, La Kalle ha guardado cinco fuerzas. Si queréis conocerlas, tendréis que encontrarlas. Pero cuidado: las cuatro primeras no están dentro de la caja. Están en vosotras.»

La primera fuerza tenía nombre. RAÍCES. Porque nadie puede saber hacia dónde quiere ir si no sabe de dónde viene. Las raíces guardan las historias de quienes estuvieron antes. Las personas que abrieron caminos. Las que se equivocaron. Las que lucharon. Las que cuidaron. Las que un día estuvieron en La Kalle y después siguieron su camino. Algunas quizá ni siquiera recuerden que estuvieron allí. Pero dejaron algo. Porque una persona puede marcharse de un lugar. Pero un lugar puede quedarse dentro de una persona para siempre.

Y entonces apareció la segunda fuerza. MEMORIA. Porque recordar no significa vivir en el pasado. Significa aprender de él. Recordar las victorias. Pero también las derrotas. Las cosas que salieron bien. Las que salieron fatal. Porque una historia que solo cuenta sus éxitos no es una historia verdadera.

Y entonces apareció la tercera fuerza. ENCUENTRO. Porque ninguna de aquellas cuarenta historias se construyó sola. La Kalle nunca fue una persona, un lugar o una actividad. La Kalle fueron personas encontrándose con personas. Gente diferente sentándose en el mismo sitio. Escuchándose. Discutiendo. Riendo. Cuidándose. Aprendiendo. Transformando. Descubriendo que quizá aquella persona que parecía tan diferente tenía algo que enseñarles.

Y entonces apareció la cuarta fuerza. La que algunos llamaron peligrosa. La que otros llamaron imposible. La que siempre aparece cuando alguien pregunta: “¿Y por qué tiene que ser así?” Se llamaba… REBELDÍA. Porque hubo un momento en que alguien tuvo que decir: “Esto no es justo.” Y otro respondió: “Pues habrá que cambiarlo.” La rebeldía no era romper cosas. Era no acostumbrarse a las cosas que deberían cambiar. Era mirar alrededor y atreverse a decir: “Yo no quiero que el mundo sea así.” 

Y entonces… quedaba una última fuerza. La más difícil. La que todavía no tenía nombre. Porque no hablaba del pasado. Ni siquiera hablaba del presente. Hablaba de algo que todavía no existía. Era… HORIZONTE. El horizonte es extraño. Cuanto más caminas hacia él, más lejos parece. Pero precisamente por eso seguimos caminando. Porque el horizonte no es un lugar al que llegar. Es una dirección. Es imaginar lo que todavía no existe. 

Y entonces, las personas de La Kalle comprendieron algo. Habían encontrado cuatro fuerzas. Raíces, memoria, encuentro, rebeldía. Pero el horizonte… no podía encontrarlo nadie por ellas. Porque el horizonte pertenece a quienes vienen después. Y fue entonces cuando entendieron el mensaje de la caja. Volvieron a leerlo. «Una historia que dura 40 años no pertenece a quienes la comenzaron. Pertenece también a quienes la continúan.»

La caja seguía cerrada. Pero ahora entendían por qué. No faltaba una llave. Faltaban ellos. Faltaban las personas que estaban allí ahora. Vosotras. Vosotros. Las 30 personas que habéis llegado hasta este campamento. 30 historias diferentes, 30 formas de mirar el mundo, 30 vidas que todavía están empezando a escribir sus capítulos más importantes.

Y entonces la caja habló. Aunque quizá solo lo escucharon quienes estaban preparados para escucharla. Y dijo: «Los primeros 40 años ya están escritos, los siguientes todavía no. Y por eso os hemos llamado.»

Durante estos días vais a caminar, a jugar, a discutir, a cansaros, a reíros, a mandarnos a la mierda, a conoceros, a recordar, a preguntar, a soñar, a enfadaros. Porque encontrar un horizonte no siempre es cómodo. A veces primero hay que descubrir que algo no nos gusta. A veces hay que preguntarse por qué o para qué. A veces hay que escuchar a alguien que piensa completamente diferente. A veces hay que reconocer que nos hemos equivocado. Y a veces hay que tener el valor de imaginar algo que todavía nadie ha visto. Por eso este campamento no tiene una misión sencilla. No hemos venido solamente a celebrar cuarenta años. Hemos venido a descubrir qué hacemos con ellos.

Vamos a abrir las cinco puertas. Vamos a buscar las raíces. A rescatar la memoria. A encontrarnos. A despertar la rebeldía. Y, finalmente, a mirar hacia el horizonte. Porque quizá, cuando lleguemos al final del campamento, descubramos que la verdadera pregunta nunca fue:

“¿Qué ha sido La Kalle durante estos cuarenta años?” La pregunta es otra. “¿Qué queremos que sea durante los próximos cuarenta?”

Y esa pregunta no la pueden responder las educadoras. Ni quienes fundaron La Kalle. Ni quienes estuvieron antes. Esa pregunta es vuestra. Así que hoy empieza algo. No sabéis todavía qué. Nosotros tampoco. Y eso está bien. Porque las mejores historias no empiezan sabiendo cómo van a terminar. Empiezan con alguien diciendo: “¿Y si…?”

Así que abrimos este campamento. Abrimos esta historia. Abrimos esta caja. Porque dentro de cuarenta años alguien tendrá que continuar vuestra historia. Y quizá entonces otras treinta personas estén sentadas en algún otro lugar preguntándose: “¿Quiénes fueron aquellos chavales y chavalas que empezaron esto?”

Y alguien responderá: “Fueron quienes se atrevieron a imaginarlo.”

Bienvenidas pequeñas estrellas que hacen un circo gigante.

La historia continúa.

Y esta vez, la escribís vosotras.

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