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Entrada: Un cuento para recordar…

Alexis es un joven que comenzó su caminar en La Kalle dentro de la Escuela de Convivencias y Participación, primero como participante y protagonista de su propio proceso. Desde el inicio, su compromiso, motivación, ternura y dedicación fueron sembrando aprendizajes compartidos que fortalecieron su desarrollo socioeducativo y su conciencia crítica.

Hoy, Alexis estudia el Grado Superior de Integración Social y su recorrido se ha transformado: da un nuevo paso al iniciar las prácticas en la Escuela de Capacitación Laboral, ampliando horizontes y reafirmando su apuesta por una educación que humaniza y construye comunidad.

Como forma de cierre de su etapa de participación, y como apertura a las que se vienen, Alexis escribió un cuento que os dejamos a continuación…

De parte de tus educadoras y compañeras, gracias Alexis.

El cuento del muñeco

Había una vez un muñeco que nació incompleto. Tenía forma, sí, pero aún carecía de aquello que lo haría verdaderamente humano: un corazón, una voz, una mirada, unos sentimientos. Y entonces, poco a poco, fueron llegando personas que, sin saberlo, lo construyeron pieza a pieza.

La primera fue Marta, una chica que para él siempre fue como una madre. Se parecían tanto que discutían a menudo, pero en el fondo, esas discusiones no eran más que el reflejo de dos espejos enfrentados. Marta le regaló al muñeco la libertad, ese don de mostrarse tal cual es, sin máscaras ni disfraces. Ella fue quien puso en su pecho un corazón libre, fuerte y rebelde, capaz de latir con autenticidad.

Después llegó Fanny, la gran referente, la que siempre encontraba una solución, incluso cuando el mundo se le escapaba de las manos. Ella le construyó las manos: firmes, cuidadoras, hechas para sostener a los demás aunque pesaran demasiado.

El muñeco también recibió la visita de Pablo, que vivía la vida a carcajadas y enseñaba a los demás a hacer lo mismo. De él aprendió que la risa es un motor, y por eso Pablo le regaló los pulmones: para que cada aliento viniera acompañado de humor y ligereza.

Lucas, con su pasión por la música, se acercó después. Él le enseñó a sentir, a vivir la vida a través de las notas y las melodías invisibles. Lucas puso en él los oídos y el alma sensible, para que cada sonido se transformara en emoción.

Pero no fueron solo ellas quienes le dieron forma al muñeco. También llegaron sus compañeras, cada una con un don diferente.
Alison, fuerte y valiente, le regaló los huesos: la estructura firme que sostiene todo lo demás.
Jennie, auténtica y acogedora, puso la piel: esa que no necesita disfrazarse para ser hermosa, y que sabe abrazar cuando más se necesita.
Ainhoa, la resiliente, fue quien construyó su columna vertebral, recta y constante, que nunca se dobla por fuerte que sople el viento.
Katherine, que vive intensamente sin miedo a las caídas, llenó sus venas de sangre apasionada, que corre con fuerza aunque a veces duela.
Julia, inteligente y atenta, le regaló unos ojos nuevos, capaces de ver los detalles y cuidar lo invisible.
Isa, con su dulzura, le puso una sonrisa que brilla incluso en las noches más oscuras.
Sophy, la más pequeña pero sorprendentemente madura, le regaló una voz sabia, de esas que suenan más grandes que la edad.
Dieguito, con su humor torpe pero su compañía incondicional, fue quien le dio los pies, porque siempre estaban allí, firmes, para caminar a su lado.
Cancerbero, silencioso pero presente, le regaló la calma de la respiración: serena, tranquila y necesaria.
Yeray pequeño, tan sentimental, puso en él el sistema nervioso, para que cada emoción le recorriera el cuerpo con intensidad.
Yerai grande, reservado pero leal, le construyó los brazos fuertes, esos que nunca sueltan a los suyos.
Abby, la reina apasionada, lo vistió con una chispa de fuego, con la creatividad y la fuerza que hacen que cualquier esfuerzo brille como algo único.
Lya, compañera inseparable, le abrió las puertas a otros mundos, y por eso ella le regaló unos oídos del alma, capaces de escuchar y acoger realidades distintas sin juzgar.
Christopher, callado pero intenso, le regaló la voz: pocas palabras, pero con la fuerza de un trueno cuando decide hablar.
Kai, sincero y directo, le dio la lengua que se atreve a decir las verdades sin miedo ni rodeos.
Brigitte y Natty, recién llegadas, le enseñaron que siempre hay nuevas miradas que suman. Por eso ellas construyeron en el muñeco una vista periférica, esa que no solo mira al frente, sino que abarca todo lo que sucede alrededor.
Fátima, que nunca deja de levantarse, le regaló las rodillas firmes, hechas para caer y ponerse en pie una y otra vez.
José, con su pureza infantil, llenó al muñeco de risas vivenciales, de esas que se quedan grabadas como cicatrices bonitas.
Douaa, la mayor que todavía sabe jugar como una niña, puso dentro de él a su niño interior, para que nunca olvidara que crecer no significa dejar de soñar.
Y finalmente, Diop, Koniba, Shiek y Mohammed, que han pasado por tanto y aun así sonríen, pusieron en él un alma luminosa, hecha de fuerza, esperanza y solidaridad.

Cuando todas esas piezas se unieron, el muñeco estuvo completo.
No era perfecto, porque nadie lo es. Pero estaba vivo, y cada parte de su cuerpo llevaba grabado un nombre, una enseñanza, una huella que nunca se borrará.

Ese muñeco soy yo. Y aunque ahora toque despedirse, no me marcho vacío: me voy lleno de todo lo que cada uno de vosotros me regaló. Porque gracias a vosotros aprendí que no se trata solo de existir, sino de construirse con los pedacitos de las personas que uno quiere.

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